En el dinámico mundo empresarial, los administradores de sociedades enfrentan decisiones cruciales que implican riesgos inherentes. Para garantizar un ambiente donde el liderazgo pueda actuar estratégicamente sin temor a represalias judiciales, surge la regla de la discrecionalidad «Business Judgment Rule», un principio que protege la discrecionalidad empresarial siempre que las decisiones se tomen de buena fe, con diligencia y en beneficio de la compañía. Esta regla, reconocida en nuestro ordenamiento a través del artículo 200 del Código de Comercio y desarrollada en múltiples sentencias, como la SC2749-2021 de la Corte Suprema de Justicia, busca impedir que los jueces analicen las decisiones empresariales basándose únicamente en sus resultados. Así, se promueve una gestión basada en la autonomía responsable, exigiendo del administrador un actuar informado, leal y diligente, como lo haría un «buen hombre de negocios».

Sin embargo, esta protección no es absoluta. La discrecionalidad se rompe si el administrador incurre en negligencia, conflictos de interés, actos contrarios a la ley o los estatutos, o si antepone intereses personales a los de la empresa. La diferencia entre impugnar decisiones sociales y exigir la responsabilidad del administrador es crucial: mientras la primera cuestiona actos corporativos específicos, la segunda apunta directamente al incumplimiento de los deberes. Para los empresarios, comprender y aplicar esta regla es fundamental: no solo permite fomentar decisiones valientes y estratégicas, sino también fortalecer el gobierno corporativo, construir empresas resilientes y potenciar el crecimiento en mercados cada vez más exigentes.

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